En la década de 1800 los fabricantes de sombreros a menudo tenían problemas de salud, tanto físicos como mentales. Sufrían temblores, espasmos en todo el cuerpo y alteraciones de la personalidad que les llevaban a comportarse de forma extraña y por la que los demás los calificaban de locos.
Pero no eran signos de locura, lo que sucedía en realidad era que mostraban signos de envenenamiento por el mercurio que utilizaban para el procesado del fieltro con el que confeccionaban sus sombreros. Inadvertidamente respiraban los vapores tóxicos del mercurio que se acumulaba en su hígado, en sus riñones y… en su cerebro. Era un peligroso gaje del oficio.
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